
Este terrible monstruo de la cultura chicana
puede verse en ciudades fronterizas como Tijuana y Ciudad Juárez,
entre otras. Sin embargo, estos lugares tan sólo son bases de
aglutinamiento de inmigrantes, pues el Pollero se desplaza constantemente
de México a Estados Unidos sin que viva en ningún lugar
preciso. Se dice que los mejores polleros logran efectuar hasta cinco
viajes semanales. Su alimentación básica está compuesta
de sangre de chicano, por lo que cada vez que uno de ellos se introduce
en el gigantesco estómago de la bestia debe pagar una contribución
en hemoglobina. En cambio, el cuerpo del inmigrante no le interesa.
Es prudente no dar toda la sangre de un solo golpe; hay que pagar la
mitad antes de emprender el viaje y completar la “donación”
del otro lado de la frontera.
Una vez efectuado el pago, el chicano puede entrar libremente en las
cavidades ocultas del Pollero que, con sus veinte patas de doble tracción,
intentará llevarlo a territorio norteamericano. Es también
en ese preciso momento, cuando inician los peligros del potencial ilegal
pues a veces, el Pollero se olvida de respirar cuando se encuentra en
los áridos caminos de Arizona, Nuevo México o Texas, provocando
de esta forma la muerte irreparable de sus ocupantes.
Otro de los peligros que conlleva este medio de transporte surge cuando
el monstruo es descubierto por el temible Borderpatrol. En estos casos,
el Pollero vomita violentamente a los habitantes del interior, que empiezan
a correr en todas direcciones sin ningún sentido, cegados temporalmente
por la inesperada luz que no han visto en días. La mayoría
de ellos son rápidamente atrapados y catapultados a su país.
Los que logran escapar sufren una peor suerte, quedan expuestos a las
inclemencias del desierto y se convierten en pasto de coyotes y aves
de rapiña en pocos días. Claro que, en realidad, son más
las ocasiones en las que el Pollero logra cumplir su misión,
pero a los periodistas sólo les interesan los fracasos de la
bestia. Generalmente, cuando este monstruo ha burlado todos los obstáculos
del camino, regurgita al nuevo ilegal en una de las selvas de asfalto
conocidas como San Diego, Phoenix, San Antonio o Los Angeles, y cobra
su segunda ración de sangre. En cuanto al inmigrante, éste
continuará toda su vida haciendo cualquier tipo de trabajo penoso
y, en general, -aunque existen excepciones-, nunca alcanzará
las fortunas millonarias con las que soñaba antes de iniciar
su viaje, pero mejorará en cierta medida su nivel de vida, si
se compara con el que tenía en su país de origen.

Extraído
del libro
"Bestiario Chicano"
de Juan Patricio Lombera